
La Argentina lleva demasiado tiempo moviéndose como un péndulo, y cada vez que fracasa un extremo, en lugar de corregir los errores propios buscamos refugio en el extremo contrario. Cambian los protagonistas, cambian las consignas, cambian las explicaciones, pero permanece siempre la misma lógica: convertir una parte de la verdad en verdad absoluta y considerar débil, tibio o directamente enemigo a quien se atreve a introducir un matiz. Después de tantas experiencias pendulares deberíamos haber aprendido una lección elemental, y es que ninguna de esas orillas nos devolvió el país que buscábamos, porque la grieta necesita enemigos y la Argentina necesita algo mejor que dos extremos.
La grieta necesita enemigos y la Argentina necesita algo mejor que dos extremos.
Una reciente reflexión periodística lo expresó con una imagen que me quedó dando vueltas: la polarización deja muchos huérfanos. Existe una porción enorme de la sociedad que no quiere volver a experiencias que considera agotadas, pero que tampoco está dispuesta a abrazar como solución el extremo contrario. Son ciudadanos con convicciones firmes, que se resisten a aceptar que para ejercerlas haya que enrolarse obligatoriamente en una de dos trincheras. Ahí empieza el desafío verdadero, que no consiste en ubicarse aritméticamente en el centro ni en tomar un poco de cada extremo para conformar a todos, porque no buscamos el punto medio entre dos errores sino superar ambos.
Nuestra propia historia ofrece razones de sobra para intentarlo, porque conocimos estatismos que confundieron justicia social con un Estado sin límites, populismos que imaginaron que distribuir podía desvincularse indefinidamente de producir, aperturas económicas que confundieron integración al mundo con ausencia de estrategia nacional y programas de estabilización que supusieron que ordenar las variables macroeconómicas constituía por sí solo un proyecto integral de desarrollo. Cada experiencia reconoció una parte real del problema y cometió después exactamente el mismo error, que fue transformar esa parte en el todo.
En ese contexto adquieren particular significación las palabras del arzobispo de Buenos Aires, Jorge García Cuerva, durante la celebración de San Cayetano, cuando frente al endeudamiento de las familias y a los ingresos que no alcanzan afirmó que «la libertad económica no puede ser absoluta». La frase no niega la libertad económica, no desconoce la propiedad privada y no relativiza la importancia del equilibrio fiscal, sino que dice algo más profundo: ninguna libertad puede volverse absoluta cuando termina desconociendo la dignidad de los demás. El equilibrio fiscal es indispensable, porque un Estado que gasta sistemáticamente más de lo que puede financiar termina generando inflación, deuda y pobreza, pero es una condición necesaria de sustentabilidad y no una filosofía completa de la sociedad. El mercado es un formidable mecanismo de producción, innovación e intercambio, aunque no posee conciencia moral; el Estado es imprescindible para garantizar derechos y bienes públicos, aunque cuando pretende ocupar todos los espacios puede terminar amenazando las mismas libertades que debería proteger.
La libertad económica no puede ser absoluta. Ninguna libertad puede volverse absoluta cuando termina desconociendo la dignidad de los demás.
¿Por qué tenemos que elegir obligatoriamente entre esos absolutos? Una sociedad puede ordenar sus cuentas y al mismo tiempo preguntarse qué le pasa a una familia que se endeuda para comprar alimentos, puede promover inversiones y discutir cómo se distribuyen sus beneficios, puede defender la propiedad privada y reconocer que existen intereses colectivos, puede promover la libertad individual y sostener a la vez que vivimos en comunidad. En los pueblos del interior esto no es una abstracción de seminario, porque acá el que pierde el trabajo tiene nombre, el comercio que baja la persiana es el de la esquina y el chico que deja la escuela es hijo de alguien que conocemos. La discusión sobre los límites de la economía se vuelve concreta cuando la vemos en la cara de los vecinos.
En los pueblos del interior esto no es una abstracción de seminario: el que pierde el trabajo tiene nombre, el comercio que baja la persiana es el de la esquina.
A pocos meses de la esperada visita de León XIV esa discusión probablemente gane espacio, y conviene aclarar desde el comienzo que la visita será pastoral y no partidaria, porque sería un grave error pretender convertir al Pontífice en dirigente de una oposición que no le corresponde, aunque sería igualmente ingenuo imaginar que un mensaje sobre pobreza, trabajo, concentración de riqueza, solidaridad y dignidad humana no tendrá consecuencias culturales y políticas. La doctrina social de la Iglesia sostiene desde hace más de un siglo que la propiedad privada es legítima aunque no absoluta, que la libertad económica debe convivir con el bien común y que la economía debe estar al servicio del hombre y nunca el hombre al servicio de la economía. La cultura del encuentro es exactamente lo contrario de la grieta, porque no pretende que todos pensemos igual sino que podamos pensar distinto sin convertir al adversario en enemigo.
A todo esto se suma un desafío de dimensiones civilizatorias, que es la inteligencia artificial, capaz de transformar positivamente la medicina, la educación, la ciencia y la productividad, de modo que sería absurdo pretender detenerla, aunque igual de absurdo sería suponer que todo aquello que tecnológicamente podemos hacer necesariamente debemos hacerlo. Necesitamos, paradójicamente, inteligencia para gobernar la inteligencia, porque cuando los algoritmos empiezan a intervenir sobre el empleo, el crédito, la información, la seguridad y las oportunidades, la eficiencia encuentra inevitablemente una frontera ética. La persona debe seguir siendo sujeto del progreso y nunca objeto de aquello que ella misma creó, y conviene advertir que el Estado absoluto, el mercado absoluto y la tecnología absoluta comparten un mismo peligro, que es colocar una abstracción por encima de un ser humano concreto.
En el otro extremo de esta disputa cultural apareció una expresión reveladora del senador nacional Bertie Benegas Lynch, que habló de «la ignorancia de los tibios del medio». La frase importa mucho más allá de quien la pronunció, porque expresa una concepción según la cual la moderación sería debilidad y quien se niega a ubicarse en alguno de los bordes carecería de convicciones. Ahí está justamente la trampa que hay que romper, ya que los extremos necesitan desacreditar cualquier camino superador porque su supervivencia depende de convencernos de que solamente existen dos opciones. Si todo debe dividirse entre nosotros y ellos, libertad o igualdad, Estado o mercado, patriotas o enemigos, entonces cualquier búsqueda de síntesis puede ser denunciada de inmediato como tibieza o traición.
El camino del medio no es tibieza cuando es superación, y eso no significa establecer una equidistancia moral entre aquello que no la admite, porque existen principios —la democracia, los derechos humanos, la libertad, el rechazo de la violencia— frente a los cuales corresponde tener posiciones inequívocas. Superar los extremos significa tener la independencia intelectual suficiente para reconocer lo que cada pensamiento contiene de verdadero y advertir a la vez sus peligros cuando pretende volverse absoluto. La propia democracia constitucional es una extraordinaria arquitectura de esos equilibrios, porque gobierna la mayoría pero hay derechos que la mayoría no puede vulnerar, hay propiedad privada pero también bien común, hay libertad individual pero también responsabilidad, hay mercado pero también Constitución, instituciones y límites. Eso no es tibieza, es civilización política.
Quizás toda la diferencia entre la política de los extremos y una alternativa superadora pueda resumirse en una sola palabra. Los extremos prefieren la palabra «o»: Estado o mercado, libertad o igualdad, equilibrio fiscal o sensibilidad social, apertura o soberanía, crecimiento o distribución, tecnología o humanismo. La Argentina necesita recuperar otra palabra, que es «con»: equilibrio fiscal con desarrollo, mercado con reglas, propiedad privada con responsabilidad, libertad con igualdad de oportunidades, apertura al mundo con defensa inteligente del interés nacional, innovación tecnológica con dignidad humana, competencia política con cultura del encuentro. Eso exige mucho más esfuerzo intelectual que refugiarse en una trinchera, y por eso resulta paradójico llamar tibios a quienes buscan ese espacio, cuando tibieza también puede ser repetir cómodamente las certezas de la propia tribu.
Los extremos prefieren la palabra «o». La Argentina necesita recuperar otra palabra, que es «con».
Hay algo que en el interior sabemos hace mucho, aunque nadie lo haya escrito nunca en una columna, y es que en nuestros pueblos el vecino que vota distinto es el mismo que ayuda a levantar el agua cuando el río se sale, el que manda a sus hijos a la misma escuela, el que está en el mismo velorio y en el mismo asado del club. Nadie ahí pregunta de qué lado se está antes de dar una mano, porque la vida en comunidad enseña, sin necesidad de teoría, que se puede pensar distinto y seguir siendo del mismo lugar. Esa convivencia cotidiana, que en los pueblos es una obviedad y en el debate nacional parece una hazaña, es la mejor prueba de que la salida no está por los bordes: está en animarnos a construir algo mejor que ambos.
El vecino que vota distinto es el mismo que ayuda a levantar el agua cuando el río se sale. Esa convivencia cotidiana es la mejor prueba de que la salida no está por los bordes.
Noel Eugenio Breard – Senador Provincial – UCR Corrientes
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