Durante décadas se sostuvo que la globalización, la revolución tecnológica y el capitalismo financiero producirían bienestar expansivo para el conjunto de la sociedad, pero ocurrió algo completamente distinto: una concentración inédita de riqueza, poder e información en una escala que recuerda más a estructuras neo-feudales que al capitalismo competitivo clásico. El economista francés Thomas Piketty lo demostró con precisión en El capital en el siglo XXI, donde prueba que cuando la rentabilidad del capital crece más rápido que la economía y los salarios, la riqueza se concentra inevitablemente mientras las clases medias y trabajadoras pierden capacidad de ascenso social.

Lo más inquietante del capitalismo contemporáneo es que los nuevos paraísos fiscales ya no son únicamente islas lejanas, sino que muchas veces están dentro de las propias leyes y regulaciones de los Estados modernos. La ingeniería tributaria sofisticada y las estructuras offshore permiten que enormes fortunas queden parcialmente blindadas mientras el peso fiscal recae sobre los sectores productivos. La consecuencia es devastadora: una sociedad deja de funcionar armónicamente cuando las mayorías sienten que las reglas son obligatorias para unos y opcionales para otros.
Pero la cuestión ya no es solamente financiera. Estamos entrando en una nueva dimensión histórica donde la convergencia entre capital financiero, plataformas digitales e inteligencia artificial está creando una nueva aristocracia global. Allí aparece la gran paradoja de Occidente: para enfrentar a China, algunos sectores del poder occidental parecen dispuestos a abandonar precisamente aquello que históricamente los distinguió (democracia republicana, pluralismo y división de poderes), corriendo el riesgo de parecerse cada vez más a aquello que dicen combatir.
La gran advertencia de nuestro tiempo es que una civilización puede derrotarse a sí misma cuando, por miedo a perder, empieza a destruir los valores que la hicieron diferente.
Cuando sectores hipermillonarios adquieren capacidad de influir sobre regulación, plataformas tecnológicas y medios de comunicación, el problema deja de ser únicamente distributivo y se transforma en un problema de poder. La inteligencia artificial y el big data ya no son simples herramientas económicas sino estructuras de acumulación de poder global, por lo que el debate sobre la concentración de riqueza es una discusión sobre la supervivencia democrática.
Occidente enfrenta entonces una decisión histórica: puede competir con China preservando sus valores fundacionales o puede renunciar progresivamente a ellos en nombre de la eficiencia tecnológica. Esta civilización no se construyó solamente sobre el mercado, sino sobre un trípode histórico y cultural: el derecho romano, la filosofía griega y la tradición judeocristiana.
Noel Eugenio Breard – Senador Provincial UCR
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